La literatura y los que la leen
- Details
- Written by Fernando Aramburu
- Parent Category: Colaboraciones
Un texto redactado con voluntad literaria constituye un acto de comunicación con aditivos. Uno expresa algo de cierta manera que aspira a ser tenida en cuenta como tal manera. El escritor que favorezca lo primero, lo que tradicionalmente ha venido llamándose el contenido, adoptará un tipo de escritura escueto, sobrio, de baja densidad ornamental. El que, por el contrario, resalte las propiedades estéticas preferirá las estructuras complejas y los modos expresivos alejados de la lengua estándar.
Entre ambos extremos se alarga una variada gradación de estilos, todos matizables, ninguno ilegítimo. Cualquier novedad que se incorpore a los usos literarios orienta el texto en la dirección de la sencillez o de la dificultad. La sencillez no tiene por qué dar forzosamente frutos populares. La dificultad nunca es popular.
No es insólito (ni apenas beneficioso para el progreso de la cultura) que algunos escritores menosprecien a otros en voz alta por ocupar una posición distante de la suya en la escala general de las tendencias literarias. Por lo visto ignoran que el estilo por sí solo es un criterio insuficiente para determinar la calidad de una obra. Un escritor no ejerce mal su oficio porque nos disguste su manera de escribir. Sería absurdo criticar a un cocinero experto en platos chinos por la simple razón de que nuestro paladar deteste el arroz. El escritor no flojea porque practique el realismo, la poesía barroca o la escritura vanguardista, sino porque, dentro de su tendencia particular, carece de unas cualidades determinadas.
De poco sirve ejercitar dichas cualidades, cualesquiera que sean si los lectores no disponen de antenas intelectuales para captarlas, en cuyo caso el escritor deberá resignarse a la suerte del pianista que pulsa las teclas de su instrumento ante un público sordo. Una situación de este tipo es por desgracia frecuente en España, nación donde el plebeyismo y la zafiedad en sus sucesivas variantes (pensemos, a modo de ejemplo, en los programas actuales de televisión de mayor audiencia) han encontrado, incluso en las capas cultas de la sociedad, terreno propicio desde hace varios siglos. El ambiente populachero, de vulgaridad asumida, perjudica no menos el arraigo social de las formas artísticas de alto rumbo que a las personas privadas de conocerlas y disfrutarlas. Vocablos como intelectual, estilista, lírica, retórica, bellas letras, se han impregnado en la lengua española de nuestros días de connotaciones peyorativas. Se dijera, en conclusión, que un tío que escribe inspira más confianza que un literato.
Raro será que a una obra rica en pensamientos complejos, en datos históricos, en aciertos formales y hondura humana no la preceda un sostenido esfuerzo que fácilmente pudo prolongarse por espacio de varios años. Se comprende que al autor, durante el largo y a menudo penoso proceso de creación, lo haya animado la esperanza de ser algún día entendido, de dejar acaso una impronta positiva en esta y aquella conciencia y, si las cosas vienen bien dadas, de merecer aplauso, cuestión en absoluto desdeñable puesto que puede dar de comer.
La expectativa de una recompensa a la labor llevada a término es propia del hombre libre. El esclavo, pobrecillo, ¿qué va a esperar? Existen desde luego recompensas de muchas clases. Se cuenta que en 1928 Bertolt Brecht recibió un automóvil a cambio de un poema. La remuneración en dinero o en especie no significa que el escritor haya despachado la tarea con mérito ni que dicho mérito, de haber existido, sea cuantificable, aunque no falten en el gremio literario quienes crean que valen lo que se les paga. En rigor, no hay recompensa más digna que la de comprobar que no se ha trabajado en vano, que lo que uno hizo con perseverancia y esmero en su soledad laboriosa resulta útil, significativo, quizá deleitoso, para los demás.
Esta expectativa no tiene por qué estar morbosamente ligada a la vanidad, reproche común allí donde los gustos populares, elevados a norma, toleran a regañadientes la excelencia. Al profano le sale más fácil admirar a quien emplea para fines estéticos instrumentos o materiales costosos cuyo manejo requiere, por añadidura, un arduo aprendizaje. Pienso en el caballete y los trebejos de pintar, en los mármoles del escultor, en el arpa, en la cámara cinematográfica. Sin embargo, ni el lector más cerrado de mollera duda en juzgar, tasar y aun corregir las obras de quienes se propusieron hacer arte con esa cosa vulgar, cotidiana y sin dueño que hasta los niños llevan a la boca: la palabra.
Por unas monedas pueden adquirirse hoy día ediciones de bolsillo del Quijote, de la Ilíada, de Poeta en Nueva York. No piden más en una librería por la suma de hojas impresas que denominamos libro. Uno paga el papel, la tinta, el transporte, la distribución, esas cosas. Los logros verbales, en cambio, son a tal punto irreductibles a un precio que los afortunados que nos instruimos y complacemos con ellos propendemos a considerarlos dones de la naturaleza, a la manera de los tigres, las amapolas o los atardeceres.
¿Cómo agradecer a los autores lo que hicieron por nosotros, aunque hayan muerto, aunque jamás nos crucemos con ellos por la calle? En el fondo, sin necesidad de proponérnoslo, les estamos mostrando nuestro reconocimiento y, de paso, la gratitud que nadie nos exige, que surge acaso de una emoción personal, de un incidente privado, de una simple reacción subjetiva, cuando nos adentramos en sus escritos con aplicación. Y no por nada, sino que la literatura presupone la participación de inteligencias curiosas y sensibles sobre las que ella pueda ejercer sus efectos innumerables, de la misma manera que la música logra su consumación, no en el aire que atraviesa, sino en los oídos que la escuchan. Ni siquiera quien está persuadido de escribir sólo para sí está exento de esta ley de la comunicación. Quien escribe para sí se dirige por fuerza a la sombra del lector que va a su lado. Serán uno y otro la misma persona, pero en modo alguno la misma perspectiva.
El autor cocina, el lector degusta. Si aquel no evitó que se le quemara la comida, si se propasó con la sal, si retiró la cazuela demasiado pronto del fuego, habrá fallado. No menos inútil habrá sido su empeño si el comensal destinado a deleitarse con la maravilla culinaria tiene un paladar de granito. De autores con talento y de lectores avezados se hace la literatura digna de tal nombre. De lectores exigentes con aquello que se les ofrece, pero también consigo mismos. Lo cual implica disposición por su parte a afinar el gusto, a superar dificultades de lectura, a enfrentarse con textos cuyos secretos no se dejan desentrañar así como así, antes bien con ayuda de una carga notable de dedicación y paciencia.
Hoy día abundan los escritores que aprovechan cualquier oportunidad para cubrir de requiebros a los aficionados a los libros. Obviamente los adulan llevados de la certera intuición de que sin ellos no son nada. Por lo mismo podrían injuriarlos a fin de golpear su atención. Buscan público sin distinción de intereses y calidades, al modo de una flor que saliera volando en pos de cuantos insectos pululan por la zona, sean polinizadores o no.
Abandonan entonces su lugar natural, el escritorio; emprenden campañas de promoción que con frecuencia los obligan a ir de ciudad en ciudad convertidos en viajantes de comercio de sus propios libros, procurando generar noticia y diseminar su retrato y su nombre en los medios de comunicación. Alguna escritora incluso ha salido despojada de ropa en las revistas. Otros justifican su participación en competiciones literarias, de dudosa honradez en ocasiones, con el socorrido argumento de que desean incrementar el número de sus lectores, si bien no termina de quedar claro, cuando así se expresan, si buscan personas que dediquen atención a sus libros o se conforman con que simplemente los adquieran.
Parece inverosímil que alguien lea un libro llevado por un gesto de caridad hacia el escritor. Uno lee un libro en provecho propio, deseoso de distracción, de consuelo, de aprendizaje, cuando no apretado por obligaciones pedagógicas o profesionales. En un país civilizado, los ciudadanos están en su derecho de leer o no leer, y, si lo hacen, de elegir lo que leen y leer de acuerdo con estímulos o expectativas de su exclusiva incumbencia. Esta circunstancia no obsta para que existan lectores inhábiles, igual que existen comensales sin gusto, movidos tan sólo por el impulso de matar a toda prisa el hambre.
No se puede endosar a los lectores la responsabilidad de sostener la literatura. Libro en mano, corresponde a cada uno de ellos la decisión de valerse de la actividad lectora para pasar un buen rato, soltar unas carcajadas u olvidar las penalidades de la jornada. Por la misma regla de tres, la literatura de calidad no es ni tarea ni placer para todo el mundo, y el hecho de que se distribuya dentro de libros, electrónicos o de papel, no significa que merezca la misma consideración que otros libros de similar formato cuya finalidad se aparta de la expresión escrita con intención estética. Y esto es así por cuanto la literatura exige de sus receptores un grado no pequeño de formación cultural, además de una serie de cualidades que no todo el mundo por desgracia posee, como la sensibilidad para determinados registros y temas, la paciencia para el libro voluminoso, para el que frecuenta zonas de vocabulario inusual, para el que abunda en innovaciones estilísticas; en fin, para el que no se deja leer con un ojo mientras se mira con el otro a otra parte.
Artículo aparecido en el Babelia de hoy
Sarrionandia y Uriarte
- Details
- Written by Pedro Ugarte
- Parent Category: Colaboraciones
Polémica ha desatado el Premio Euskadi de Ensayo, otorgado a Joseba Sarrionandia. Pero la verdadera polémica es otra: por qué Sarrionandia no había conseguido aún el galardón.
Otra cosa es que el Gobierno vasco tenga razón en retener la cuantía del premio. Los que no entiendan esa decisión requieren un cursillo acelerado de cultura democrática. El poder público, el estado, es uno. No puede hacer abstracción de sus pronunciamientos. Una empresa con deudas públicas no contrata con la administración, y alguien que tiene cuentas pendientes con la justicia no va en taxi a Ajuria Enea, ni cobra de los contribuyentes. Pero una cosa es retener el premio y otra condenar su concesión, lo cual no tiene ningún sentido.
El premio a Sarrionandia ha sido un acto de justicia, de justicia literaria. Ningún escritor merece una calificación profesional por su conducta. Para eso hay otros juicios. Buena parte de la intelectualidad francesa durante la ocupación cayó en brazos del nazismo. Grandes escritores defendieron las atrocidades comunistas. Por cierto, muy premiados autores españoles ejercieron la traición y la delación en la dictadura de Franco. Pero nada de todo esto tiene que ver con su escritura.
El titular de prensa, reimpreso hasta la saciedad, de que "El Gobierno vasco premia a un etarra fugado" es una verdad parcial. Y la verdad parcial es la peor de las mentiras. Lo que ha hecho el Gobierno vasco es premiar a un escritor grande, de trayectoria larga, fecunda y contrastada. Pero la incapacidad de algunos políticos para digerir esta evidencia ha llegado a extremos estalinistas. Para criticar la "injustificable" decisión del Gobierno, se ha defendido una radical subordinación de la cultura a la política, se ha declarado con desvergüenza que la cultura sirve para que el político refuerce sus mensajes ideológicos. Pues no, la función de un premio literario no es dar cobertura a ninguna ideología. Da bochorno puntualizar esta obviedad. Aunque quizá es necesario porque entre tanto demócrata entusiasta hay mucho comunista arrepentido.
Prueba la estupidez de esta polémica que, tras premiar a dos escritores extraordinarios, Iñaki Uriarte y Joseba Sarrionandia, de uno de ellos ni siquiera se da noticia y de otro la noticia nada tiene que ver con su trabajo. A algunos publicistas les escandaliza que Sarrionandia sea premiado. A otros nos escandaliza que a ellos les importe un bledo la literatura de Sarrionandia, la literatura de Uriarte y la literatura misma.
La feliz liquidación de ETA va a tener consecuencias insospechadas. Eso implica a la izquierda abertzale y también a los demás. Los terroristas, sus métodos y su visión moral van a salir perdiendo, pero también los presupuestos de quienes viven emocionalmente, económicamente o intelectualmente de la violencia. La paz va a ser con ellos más cruel de lo que ni siquiera aciertan a imaginar.
Aparecido el 8 de octubre en la edición vasca de El País.
Ugarte gana el Premio Logroño de Novela
- Details
- Parent Category: Noticias
El escritor bilbaíno Pedro Ugarte ha sido el ganador del V Premio Logroño de Novela convocado por el Ayuntamiento de Logroño, la Fundación Caja Rioja y Algaida Editores (Grupo Anaya) con la novela El país del dinero, presentada bajo el lema Cuentas pendientes y el seudónimo Robin Hood. un jurado integrado por Bernardo Atxaga, en calidad de presidente, Lola Beccaria, Joaquín Leguina, Soledad Puértolas y David Torres, ganador de la pasada edición del certamen decidieron el ganador entre las cuatro novelas finalistas. Pedro Ugarte construye en su novela una alegoría del periodo de boom inmobiliario que ha desembocado en la crisis económica actual, a través de una "historia inteligente, simbólica, conmovedora e irónica". Ambientada en una ciudad sin nombre que remite al lector, inequívocamente, a su Bilbao natal, el autor construye una trama en la que los negocios turbios vinculados al sector de la construcción se entretejen con el relato de una atípica y complicada historia de amor, la que se establece entre Jorge –miembro de una familia de la burguesía venida a menos– y Sharon.
III Encuentro sobre Memoria y Víctimas del Terrorismo
- Details
- Parent Category: Actividades
Bakeaz, la Fundación Fernando Buesa Blanco y el Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto organizan el III Encuentro sobre Memoria y Víctimas del Terrorismo, que, con el título «Imaginando la memoria. La reconstrucción de la civilidad en contextos posviolentos desde la creación literaria», se celebrará los próximos 5, 6 y 7 de octubre en Bilbao (salón de actos de la Biblioteca Municipal de Bidebarrieta en la calle Bidebarrieta, 4).
En esta ocasión haremos memoria, reflexionaremos y dejaremos volar nuestra imaginación, de la mano de algunos escritores y escritoras vascos: Fernando Aramburu, Luisa Etxenike, Aingeru Epaltza, Lourdes Oñederra y Ramiro Pinilla. En su compañía, trataremos de imaginar una realidad todavía inédita pero que hoy se contempla más cerca que nunca: cómo sería la vida y el lugar de las víctimas en un nuevo contexto sin violencia.
Los tres actos serán presentados por Ana Aizpiri, directora y presentadora del programa de información internacional Hora GMT en EITB.
El miércoles 5 de octubre, Fernando Valls (profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona) conversará con los escritores Luisa Etxenike y Fernando Aramburu.
El jueves 6 de octubre, Mikel Iriondo (profesor de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad del País Vasco) conversará con los escritores Aingeru Epaltza y Lourdes Oñaderra.
Finalmente, el viernes 7 de octubre será Ibon Zubiaur (director del Instituto Cervantes de Múnich) quien dialogue con el escritor Ramiro Pinilla.
Todos los encuentros tendrán lugar entre las 19:00 y las 21:00 horas.
